El particularismo lingüístico rioplatense

23 10 2009

Por Juan Ramón Lodares

El 24 de febrero de 1946, Juan Domingo Perón obtuvo un rotundo triunfo en las urnas. El 56 por ciento de los electores votó su candidatura presidencial. En los mítines, Perón no trataba a los adversarios políticos de tontos y desgraciados, que hubiera sido lo razonable, sino de pastenacas y chantapufis, o sea, lo mismo dicho en alguna de esas jergas porteñas tan comunes entonces. Los opositores políticos eran unos contreras y quienes apoyaban al peronismo, los grasas. Fórmulas de indudable éxito que entonces te podían llevar a la Casa Rosada. Los peronistas veían en ellas la expresión popular, desgarrada y arrogante de un líder al estilo de los viejos caudillos criollos. A poco de ganar las elecciones, en la paredes de Buenos Aires aparecían pintadas como “Le ganamo a lo dotore”. Los doctores eran, como puede suponerse, gente poco peronista y poco amiga de la grasa. En sí misma, la oratoria peronista no era nueva. Seguía una tradición muy antigua y muy arraigada en el Plata, una especie de plebeyismo lingüístico que consistía en ganarse la voluntad de las masas procurando hablar como hablaban ellas. Había algo de artificio en el procedimiento, pero era útil. El peronismo debió su éxito propagandístico a estos particulares usos (en la parte que le corresponde). Igual que en la campaña presidencial de Eisenhower, en 1952, se ganaban las presidenciales con el lema “I like Ike”, en la Argentina de los años cuarenta, un chantapufi o una tratativa (negociación) bien puestos le venían muy bien al político populista. En esto, no habían cambiado mucho las costumbres argentinas típicas del siglo XIX. Sarmiento describe así el país: “Había, antes de 1810, en la República Argentina dos sociedades distintas, rivales e incompatibles, dos civilizaciones diversas: una, española, europea, culta, y la otra bárbara, americana, casi indígena; y la revolución de las ciudades sólo iba a servir de causa, de móvil, para que estas dos maneras distintas de ser de un pueblo se pusiesen en presencia una de otra, se acometiesen y, después de largos años de luchas, la una absorbiese a la otra”. La primera sociedad solía integrar el partido unitario y la segunda, el federal. El unitario se distinguía por sus modales finos, su comportamiento ceremonioso, sus ademanes pomposamente cultos y su lenguaje altisonante y lleno de expresiones librescas. Para los unitarios, los federales eran unos gauchos o jiferos, o sea, unos bárbaros. Para los federales, los unitarios eran unos cajetillas, o sea, unos afeminados. El político federal Juan Manuel Rosas advirtió que podía atraerse las simpatías de la gente del pueblo, y ejercer su influencia sobre ella, precisamente hablando como un gaucho. Yasí lo hizo. El escritor Lucio V. Mansilla recuerda que aquellos años el lenguaje se pervirtió y circulaban “vocablos nuevos, ásperos, acres, no usados”. Curiosamente, a pesar de su gusto confesado por las clases populares, el desprecio de los federales por los indígenas era absoluto.Los consideraban salvajes. No se tomaron el trabajo de asimilarlos y, por la vía militar, los fueron eliminando o provocaron su huida hacia otras zonas. De modo que el problema lingüístico que el indigenismo hubiera podido crear a la nueva república -buena parte del cual se lo habían planteado los misioneros españoles de antaño- desapareció por tan expeditivo y violento método. El plebeyismo idiomático reapareció en los años presi denciales de Nicolás Avellaneda, en 1880, cuando se produjo la revolución de Carlos Tejedor. En .la llamada “resistencia” de Buenos Aires, el fervor localista fue tan grande que en los cuarteles, según Ernesto Quesada, testigo de los hechos, “convivió la juventud patricia con el compadraje y la chusma, tropa y oficialidad fraternizábamos y se establecía, como vínculo democrático común, el de un término medio equidistante en indumentaria y lenguaje”. Según el propio Quesada, la circunstancia ayudó a que en el habla diaria se imitara el rasgo popular, haciéndolo deliberadamente caló y descuidado, pues había que demostrar que se era parte del pueblo y se exageraban los rasgos lingüísticos atribuidos a eso, al pueblo. Entonces se cantaban coplas como ésta: El castellano me esgunfia, no me cabe otro batir que cantar la copla en lunfa porque es mi forma é sentir. Esgunfiar viene del italiano sgonfiare, “desinflar, desanimar”, y la lunfa es el lunfardo, una jerga que apareció en los barrios bajos bonaerenses y cuyas expresiones son una mezcla complicada de italianismos, galicismos, anglicismos y lusismos, todo revuelto, y que se difundió por conventillos (casas de vecindad) , piringundines (verbenas) y ambientes del hampa. Las letras de los tangos se nutren de ella. En el barrio bonaerense de la Boca, como consecuencia del gran número de inmigrantes que entraron en Argentina desde 1857 -unos quince mil al año hasta 1946- se gestó otra jerga italohispana, el cocoliche. Ha tenido menos fama que el lunfardo, porque para este último, dado el anhelo que sentían algunos argentinos por diferenciarse lingüísticamente, no ha faltado quienes lo definían como “el genuino lenguaje porteño”, consideración evidentemente exagerada. De aquellos días data el desaire que Juan María Gutiérrez le hizo a la Real Academia. En 1879, los ilusos académicos creían que le hacían un honor nombrándolo miembro correspondiente de la docta casa. Gutiérrez destapó su argentinismo contestándoles que podían esperar sentados, porque no aceptaba tamaño honor. Es más, ¿qué podía ofrecer él, un bonaerense, a una academia española? Para Gutiérrez, el habla de Buenos Aires estaba en constante efervescencia gracias a la aportación de los dialectos italianos, del catalán, del gallego, del galés, del francés y del inglés –se conoce que allí no se hablaba nada llegado, por ejemplo, de La Mancha- y todas esas voces “cosmopolitizaban”, con palabro de Gutiérrez, la tonada bonaerense. Era inútil pretender fijar tales corrientes según moldes académicos; por lo menos él no se sentía con ánimos. Su amigo Juan Bautista Alberdi daba entonces la siguiente recomendación: igual que Dante (observen: otro italiano) en su día llevó la lengua hablada en Florencia a los inmortales versos de la Divina comedia, los escritores porteños debían reflejar en su prosa el castellano modificado que se hablaba en Buenos Aires, en vez de tener la vista puesta en los diccionarios que venían de Madrid. Otros autores, como Rafael Obligado o Alberto del Solar, no pensaban así y defendían el valor de una lengua común, sin casticismos que la interrumpieran. El caso es que polémicas de este tenor se han prolongado hasta mediados del siglo xx. El día que a don Américo Castro se le ocurrió escribir un libro poniendo el grito en el cielo sobre lo particulares y descuidados que eran los argentinos al hablar, y previendo que de seguir así se iban a apartar de la corriente hispánica general -estábamos en 1941-Jorge Luis Borges le contestó, en un artículo titulado “Las alarmas del doctor Américo Castro”, lo siguiente: “En cada una de sus páginas abunda en supersticiones convencionales [...]. A la errónea y mínima erudición, el doctor Castro añade el infatigable ejercicio de la zalamería, de la prosa rimada y del terrorismo”. Pero Castro no estaba entonces tan descaminado: que se sepa, la única voz que en las altas instancias idiomáticas ha defendido alguna vez el “derecho a la incorrección” predicaba, no por casualidad, desde la Academia Argentina en 1943. Las altas instancias porteñas no dejaban de ser sorprendentes: un locutor de radio, cuyo mérito dicen que era la verborrea, llegó a alto cargo del Ministerio de Educación. Una vez allí, seguía hablando como si estuviera delante de los micrófonos con finezas como utensillo (en vez de utensilio), áccido (en vez de ácido), dejenmelón (en vez de déjenmelo), sientensén (en vez de siéntense) y cumpleaño, rompecabeza, ” es usted un héroe, señorita”, etc., etc.; visto lo visto, el académico Luis Alfonso habló sobre la conveniencia de estudiar el idioma para quienes tenían responsabilidades en cargos públicos, a lo que el aludido contestó: “No es urgente hacerlo. Total, el idioma no va a desaparecer por dejar de estudiarlo”. El desgarro idiomático argentino, junto a la manía de una lengua nacional apartada de la norma común española, cedieron, y con ello, el último frente de unas guerras idiomáticas que se habían iniciado en los albores de la independencia americana. Hecho el balance, resulta que Argentina no sólo ha dado extraordinarios escritores antiguos y modernos, -incluso en pleno fervor separatista dio figuras como Domingo Faustino Sarmiento o Estanislao del Campo- sino que desde mediados del siglo xx se iba a convertir en un foco editorial importante cuyas publicaciones se han distribuido por todo el mundo hispánico. Se ha explicado la razón del particular desapego al idioma apelando al genio de los argentinos, a cierta soberbia heredada de los españoles, a una afirmación de su plenitud vital; se han querido ver razones humanas en la notable inmigración que recibió la zona, procedente de los más diversos países europeos, y que propició la mezcla de lenguas muy distintas; se han querido ver razones históricas en el hecho de que el Virreinato del Plata fuera el último constituido y, por tanto, el de menor apego a España. Habrá un poco de todo. Lo cierto es que, todavía en los años cuarenta, el nacionalismo argentino seguía blandiendo la bandera de la lengua, con cierto éxito en algunos sectores de la opinión pública y en instituciones como la escuela, donde los niños debatían si Argentina tenía, o debería tener, lengua propia y cómo denominarla. Era el último resto ideológico de unas guerras idiomáticas iniciadas en los años de Bolívar y San Martín. Amado Alonso le dedicó un trabajo clásico al caso. Juan Ramón Lodares, prematuramente fallecido, fue profesor de Lengua Española de la Universidad Autónoma de Madrid y autor de varios libros, de uno de los cuales, “Gente de Cervantes. Historia humana del idioma espanol”, hemos extraído esta nota. En esa obra, publicada por la Editorial Taurus, Lodares explica cómo la lengua romance surgida hace mil años en el norte de la Península Ibérica llega al siglo XXI convertida en uno de los grandes idiomas internacionales.





Literatura Argentina do Seculo XX

23 10 2009

Normalizada la vida política después de las guerras interiores, y con el gobierno en manos de liberales, el país entra con gran pujanza en el nuevo siglo y la literatura se hace cosmopolita. El poeta, narrador y ensayista Leopoldo Lugones es la figura que representa este puente entre dos épocas. Influido por la poesía del nicaragüense Rubén Darío, escribió poemarios de elaborada retórica, cuentos y combativos ensayos. De su anarquismo inicial derivó hacia el nacionalismo autoritario, apoyó el primer golpe de Estado en el país (1930) y se suicidó en una posada en el delta del río Paraná.

A la poesía suntuosa de Lugones, sigue la «sencillista», de poetas como Baldomero Fernández Moreno y Evaristo Carriego. También a principios de este siglo es cuando Gustavo Martínez Zuviría (Hugo Wast) da comienzo a su gran producción de artículos y novelas varias de las cuales fueron llevadas al cine. Se destacan entre ellas Flor de Durazno (1911) en la que hace su debut en el cine Carlos Gardel y Valle Negro (1918) novela elogiada por Miguel de Unamuno.

En los años veinte, aparece la vanguardia. Su hoja de divulgación se llamaría, significativamente, Martín Fierro, para algunos, un gesto snob, para otros, la expresión del matiz criollista que quería subrayar el movimiento innovador. En ese periódico escribe Jorge Luis Borges, quien con el tiempo sería el más conocido fuera de las fronteras del país, y otros poetas clave, como Raúl González Tuñón y Oliverio Girondo.

Simultáneamente, aparece un grupo de poetas y narradores «sociales», influidos por la literatura rusa, entre los que destaca Roberto Arlt, cuya poderosa imaginación excede el modelo.

Ricardo Güiraldes publica su Don Segundo Sombra, novela rural que a diferencia de Martín Fierro no reivindica socialmente al gaucho, sino que lo evoca como personaje legendario, en un tono elegíaco.

En la provincia de Entre Ríos, a la orilla del río Paraná, el poeta Juan L. Ortiz inicia una obra solitaria, de intensa relación con el paisaje fluvial, pero también con sus humildes habitantes.

En la década del cuarenta aparece una nueva vanguardia de la mano de Juan-Jacobo Bajarlía junto a Gyula Kosice, Edgar Bayley, Carmelo Arden Quin y Tomás Maldonado entre otros. Al mismo tiempo, se afirma la figura de Borges, a la vez que es cuestionada por su presunto «cosmopolitismo». Ernesto Sábato publica su primera novela, El túnel, elogiada y premiada en Europa. Leopoldo Marechal publica varios libros de poesía y su Adán Buenosayres (1948).

Publican poetas como Olga Orozco y Enrique Molina y la poeta Celia Gourinski, influidos por el surrealismo europeo; Alberto Girri, admirador de la poesía anglosajona y Edgar Bayley, cofundador del «concretismo», de mayor gravitación en las artes plásticas que en la literatura.
Julio Cortázar edita sus primeros cuentos en los años 1950, el primero de ellos por gestión de Borges, y se autoexilia en París.

En esa década y la siguiente, la vanguardia poética se reagrupa en la revista Poesía Buenos Aires, dirigida por Raúl Gustavo Aguirre.

El poeta Juan Gelman aparece como la figura más destacada de una poesía de tono coloquial, políticamente comprometida, que incluye a Juana Bignozzi y Horacio Salas, mientras Fernando Demaría se destaca por su lirismo íntimamente ligado a la tierra y al paisaje.

Destacan también, en poesía, Rafael Squirru, Fernando Guibert, Joaquín Giannuzzi, Leónidas Lamborghini, Juan-Jacobo Bajarlía, Alejandra Pizarnik, Abelardo Castillo, Liliana Heker, Vicente Battista, Beatriz Guido, Bernardo Kordon, Juan José Manauta, Rodolfo Walsh, Adolfo Bioy Casares, de muy distintas ideas estéticas, que recorren una gama de estilos que va desde lo social hasta lo existencial y lo fantástico.

Después de la dictadura militar de la historia local (1976-1983), en la narrativa se discuten nombres como los de Daniel Moyano, Ricardo Piglia, Manuel Puig, Antonio Di Benedetto, César Aira, Juan José Saer, Julio Carreras (h), Antonio Dal Masetto, Alan Pauls, Ana María Shua, Rodolfo Fogwill, Alicia Steimberg, Luisa Valenzuela, Alberto Laiseca, Osvaldo Soriano, Luisa Futoransky, Jorge Asís, Héctor Tizón, Rodrigo Fresán, Mempo Giardinelli, Alicia Kozameh, Reina Roffé, Cristina Feijóo, Susana Szwarc, Liliana Heker y poetas como Celia Gourinski, Arturo Carrera, Néstor Perlongher, Ricardo Zelarrayán, Susana Thénon, Irene Gruss, Diana Bellessi, Jorge Aulicino, Juan-Jacobo Bajarlía,Ruth Mehl, Fabián Casas, Santiago Sylvester, Horacio Castillo, María del Carmen Colombo.

Muchos de estos autores habían comenzado su actividad en los años anteriores a la dictadura; otros aparecen en los ochenta y noventa para reanudar la discusión literaria. El tono paródico en algunos de ellos, la ironía, la fantasía, el realismo y la épica, la gravedad o la liviandad, el minimalismo y la lírica intimista y feminista indican las tendencias y tensiones del momento histórico.





Lingüística forense

23 10 2009

La forma de hablar y escribir nos delata:

Por la boca muere el pez… y se inculpa el delincuente. Los expertos en lenguaje son capaces de identificar al auténtico autor de una llamada terrorista o una nota de rescate.

En 2002 el fiscal echó por tierra la coartada de Stuart Campbell en el asesinato de su sobrina Danielle Jones, en Essex (Inglaterra). Los peritos demostraron que él fue el asesino y no la víctima, como había hecho creer. La clave del crimen estaba en unos mensajes que el tío envió desde el teléfono móvil de Danielle. Los análisis del texto revelaron sin lugar a dudas que el estilo era propio del sospechoso, quién jamás imaginó que un centenar de caracteres pudieran meterle entre rejas.

Probablemente Campbell también ignoraba que la estructura y el contenido de las frases que usamos de forma cotidiana en las conversaciones son casi únicos. O que la puntuación y la gramática de un mensaje anónimo pueden ser suficientes para averiguar la edad, el sexo y la ubicación geográfica de su autor. Pero lo cierto es que los lingüistas forenses manejan a diario estas diferencias en el uso de las palabras, que a lo largo de la última década han permitido identificar inequívocamente a terroristas y criminales de todo tipo.

Es un hecho que existe un modo distintivo en el que cada individuo codifica y descodifica el lenguaje y se expresa con sus propias “marcas” lingüísticas. Y que no hay dos personas que utilicen el lenguaje exactamente del mismo modo. Expertos como James Fitzgerald, investigador del FBI, lo han comprobado tras varios años trabajando en el análisis e identificación de documentos anónimos.

“Los seres humanos son prisioneros de su propio lenguaje”, asegura el lingüista Don Foster, que ha colaborado con Fitzgerald en varios casos. Y añade: “por eso, el análisis científico de un texto puede revelar datos tan claros como las huellas dactilares o el ADN”. Fue precisamente esta técnica la que permitió a Fitzgerald y Foster resolver un caso clave en la historia de Estados Unidos: el del terrorista FC, más conocido como Unabomber, que emprendió una cruzada contra el progreso tecnológico enviando cartas-bomba a diferentes puntos del país durante 18 años.

Díme qué redactas y…

Tras mucho tiempo sembrando el pánico, Unabomber escribió un manuscrito de más de 100 páginas amenazando con volar un avión si no se publicaba en la prensa. Las autoridades respondieron a su petición, con la esperanza de que el texto les llevara hasta algún sospechoso. En 1996 apresaron a Ted Kaczynski, alertados por su hermano tras leer el manuscrito. El FBI registró su casa en busca de todo tipo de textos y cartas. La comparación de estos documentos con el dossier amenazador confirmó que eran obra de la misma persona, una prueba tan sólida que permitió condenarlo. Lo que es más curioso, Foster llegó a sacar conclusiones tan insólitas como que las revistas favoritas de Kaczynski eran Scientific American y The Saturday Review, que estaba influenciado por los escritos del polaco Joseph Conrad o que se identificaba a sí mismo con un objeto, la madera.

¿Pero dónde está el truco? Los lingüistas forenses comparan los escritos con las bases de datos de textos disponibles en busca de hábitos lingüísticos similares. Esto incluye la identificación del vocabulario, argot, jergas profesionales, regionalismos e incluso la puntuación. Sin menospreciar ningún detalle del formato del documento y el soporte físico en el que se encuentra. Si la comunicación es oral, por ejemplo en una grabación, hay que tener en cuenta además el ritmo, la fonética, las pausas, la entonación o la separación entre palabras y letras.

Mensajes subliminales

Ahondando en el uso del lenguaje, los lingüistas han comprobado, por ejemplo, que la veracidad de un relato es mayor cuanto más completos son los detalles sensoriales que incorpora. O que la decepción se traslada al lenguaje en el uso de preludios más largos de lo habitual. Son lo que algunos expertos llaman mensajes subliminales o thoughprints, esto es, huellas del pensamiento que aparecen continuamente al comunicarnos. A esto hay que sumarle que el uso de nuevas formas de comunicación, como el correo electrónico o la telefonía móvil, está dando que hablar entre los forenses. El lingüista Tim Grant y el forense Kim Brake, de la Universidad de Leicester, pusieron en marcha hace unos meses el primer estudio forense centrado en los mensajes SMS. “Teniendo en cuenta que éstos son una forma de comunicación nueva y, a la vez, un modo especialmente informal de usar el lenguaje, no se espera que quien los escriba siga las convecciones lingüísticas”, aclara Grant. “Esta libertad –añade– da lugar a diferencias significativas en el estilo que pueden emplearse para identificar a su autor”. Además, los expertos estudiarán cómo influye en el estilo de un sujeto los SMS que recibe de su círculo amistoso.

Otro de los cometidos de los especialistas lingüísticos y legales está en analizar el entramado del lenguaje usado en interrogatorios y confesiones. Los científicos también cuentan con sofisticadas técnicas para el análisis de la imitación en la firma y la detección de textos redactados con fines criminales, como falsas cartas de suicidio. Incluso son capaces de crear perfiles lingüísticos e identificar a los interlocutores de una conversación a partir de una grabación de voz.

Contra el vicio de plagiar

Cuando se trata de juzgar si un texto es o no un plagio, la lingüística forense también tiene mucho que aportar. Sus conclusiones son clave ante un tribunal. ¿Pero qué hace único y original a un texto? ¿Qué define su idiosincrasia? ¿Y sobre todo, qué grado de similitud tienen que reflejar dos o más textos para considerar que han sido plagiados? Desde su despacho del Laboratorio de Lingüística Forense (ForensicLab), en la Universidad Pompeu Fabra (Barcelona), la investigadora María Teresa Turell trata de responder a estas cuestiones. Su experiencia en este terreno le sirvió, entre otras cosas, para participar en el caso del supuesto plagio de Camilo José Cela a Carmen Formoso. Su laboratorio estableció que no se trataba de un plagio del texto, en todo caso de ideas.

Turell también intervino en el escándalo de la presentadora de televisión Ana Rosa Quintana, que en su libro Sabor a hiel se apropiaba de párrafos completos de Ángeles Mastretta (Mujeres de ojos grandes), de Colleen MacCullough (El pájaro canta hasta morir) y de Danielle Steele (Álbum de familia). Aunque en estos casos siempre cabe recurrir a la ironía de John Milton, quien en el siglo XVII afirmaba que “copiar de uno es plagio, copiar de dos es investigación”.

Elena Sanz (Revista Muy Interesante – España)